Castro y Trump: gobernantes insurgentes

Es una coincidencia curiosa: dos presidentes mexicanos han sido humillados públicamente por líderes de otros países, ya que los contenidos de sus conversaciones bilaterales fueron dadas a conocer, con el propósito de debilitarlos políticamente.

Fidel Castro

Lo hizo Fidel Castro con Fox, y ahora Donald Trump con Peña Nieto. En ambos casos, las oficinas de los presidentes mexicanos en turno negaron haber grabado las conversaciones oficiales. En ambos casos, esas negaciones eran mentiras: todas las conversaciones se graban como rutina. Se debe tener registro de los acuerdos —o desacuerdos— alcanzados entre líderes. Grabar las conversaciones es cosa de responsabilidad política elemental, nada del otro mundo.

Donald Trump

Pero el hecho de tener una conversación grabada no quiere decir que sea recomendable darla a conocer, incluso a pesar de cierta presión pública, como es el caso actualmente de Peña Nieto. Trump va a enfrentar fuertes resistencias de parte de los gobernantes de otros países a conversar por teléfono una vez que se confirme que la Casa Blanca consuetudinariamente filtra sus contenidos, especialmente cuando hay temas delicados de por medio.

En el caso de Peña Nieto (o Australia o Alemania), dar a conocer el texto íntegro de la conversación, aun con aspectos incómodos para él, es jugar el juego de Trump. Y eso no está en el interés táctico y estratégico de México.

Sin embargo, tampoco abona al debate político inteligente el negar que Los Pinos haya grabado la conversación. Sería correcto confirmar su existencia, pero definir que darla a conocer es el juego que convalida la estrategia que impulsa Trump: crear un conflicto artificial entre los dos países, para permitirle al Presidente estadunidense hacer política interna con las bases radicalizadas del Tea Party y sus aliados.

Vicente Fox también negó que hubiera grabado la conversación que sostuvo con Fidel Castro en 2002, ahora conocida como el “Comes y te vas”.

En esa época, el problema era distinto: tanto Fox como Castañeda había dicho tantas mentiras en torno a la relación con Cuba durante los meses que precedieron a la divulgación de la conversación, que no tenían ninguna credibilidad cuando Castro les propinó ese golpe político. Fue el punto más bajo de su presidencia, develando al mexicano como el tonto útil de otros.

Hoy, el caso de México se inscribe en otro contexto. El problema es cómo desarrollar una estrategia frente a una política de Estado estadunidense antimexicana en toda la extensión de la palabra.

No es una estrategia solamente contra Peña Nieto: es contra millones de mexicanos en una situación de indefensión en Estados Unidos primero y, luego, contra la economía de 120 millones de mexicanos.

La idea de divulgar la conversación entre los dos presidentes juega, como se dijo, al interés estratégico de Trump, por un lado y, por otro, a la oposición interna al Presidente mexicano.

Pero, hoy por hoy, ese juego no le sirve ni a los mexicanos en Estados Unidos ni a los intereses de muchos mexicanos que dependen de los empleos generados al calor de la integración de cadenas productivas entre Canadá y Estados Unidos.

México tiene la necesidad de diseñar una estrategia global ante las agresiones que vienen del norte, basada en una certeza: al igual que como lo hizo en su momento el guerrillero Fidel en el poder, el insurgente Trump va a seguir golpeando a México hasta el fin de su gestión.

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